Descubrí que no es el momento para decir aquello que callamos, que si se perdió y se convirtió en un nudo en la garganta, es porque ese era su lugar.
Tampoco es tiempo de arrepentirse ni de decir: “la próxima vez será mejor”; no es nada excepcional, ni una especie de milagro. Nada de redenciones.
Basta un día para cambiar el mundo, de hecho, me sobra, tan solo necesito unos segundos. Y pensarás que es complicado y que estoy hablando por hablar pues, total, las palabras son gratuitas por el momento (y es poco lo que podemos disfrutar tan a la ligera), pero si mentir no es mi estilo, mentirte a ti, aún menos.
No voy a hacer promesas ni una lista de propósitos, mis deseos están al alcance de la mano: sólo quiero que sonrías.
Es un hecho que, 365 días son solo un número, pero pueden convertirse en millones de momentos que, si estás tú, valen más que todas las entradas para las fiestas de esta noche.
Puedes llamarme conformista, pero es lo único que quiero y estoy en disposición de pedirlo, porque lo merezco, así que no te queda más remedio que soportar esta carita, mis balbuceos, que suela tener las manos frías y te contagie, mi afición por las cosas monas y las no tan monas y mi adicción a ti.
Es absurdo hacer promesas, solo es un día más en el que habría dado todo por volver a verte.
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