Egoistamente quiero que me quieras, quiéreme.
A sabiendas de que vendrán días peores, que me cambiará el humor, que no me dejaré acariciar, que me volveré arisca, que lloraré a mares, que te gruñiré cuando te acerques y cuanto te sienta demasiado lejos.
Quiéreme, a pesar de todo lo que voy a hacer mal, de los quebraderos de cabeza, de los motivos para pensar que soy una idiota (te daré unos cuantos, lo sé).
Hazlo incluso cuando deje de ser perfecta a tus ojos, cuando me veas recién levantada, cuando me pringue de chocolate y no esté precisamente guapa.
A pesar de todo, quiéreme.
Porque voy a darte hasta el último suspiro, Natalia. Sólo tienes que aceptar, cogerme de la mano, mandar a la mierda el resto, a esas que tanto te hacen sufrir.
Dile adiós a todo y cede, cede por fin, porque tú eres un regalo para el mundo, porque no hay más que esa sonrisa de jueves, Natalia...
¿Quieres más motivos?
Quiéreme porque te quiero. Y te haré daño, sí, no puedo prometerte no hacer cosas que te duelan, pero curaré tus heridas una a una y las cubriré de besos y azul, pasareamos en bicicleta y te empaparás de todo lo que tanto amas, porque sé cada cosa que te hace sonreír y las pondré a tus pies cuando tengas frío.
Esta chica dura siempre cede a tu carita y no hay más, nada aparte de la necesidad de que me quieras y quererte hasta desgastarme toda.
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