Me empeñaba en decirle que pasaría, que volvería a estar bien y a sonreír como un cachorro y, por lo visto, los demás repetían también la cantinela, conviertiéndose en sonidos y letras ordenadas, sin significado ni sentido, sin razón.
Y es que yo notaba que sus ojos se llenaban de marrón y el verde naufragaba cada día un poquito más, remitiendo sus apariciones a momentos muy concretos en el que el mundo era otro y sonreía para mí.
Llegué a pensar que estábamos mintiendo, mintiendo, mintiendo...una y otra vez. Yo ya no la veía despertarse con cosas bonitas en el pelo y en la voz y tampoco es que la viera mucho, porque se había empeñado en esconderse tras una capa de pelo denso y horas de rock & roll.
Pero un día pasó, sin darme cuenta porque me había resignado y soportaba el temporal.
Se calzó sus zapatos de princesa y vino a verme oliendo a vida y yo le dije "hola", demostrando que soy la persona más estúpida del mundo y que carezco de todo tipo de encanto e ingenio.
Yo lo que quería era que se casara conmigo, que nos fugáramos por ahí, que viviéramos entre vacas en el campo o en la luna, ¿qué más da? Que nos vistiéramos de rojo y celebráramos una fiesta, que cantáramos viejas canciones, que nos cogiéramos de la mano. Un beso de buenas noches o mil, declaraciones furtivas de miradas que matan...
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