¡Buenas!
Últimamente me dá mucha pereza escribir (insertar suspiro aquí).
Ando todo el día de un lado para otro y paso muy poco tiempo en la residencia.
Hoy he estado más, pero liada con un trabajo de audiovisuales que aún sigue sin tener ni pies ni cabeza, y no por mi culpa, precisamente.
Pero de verdad que no quiero enfadarme, que de eso estoy cansada, quiero hacer ochocientos millones de cosas y que los días pasen rápido para irme a casa.
Me hubiera gustado despedirme de mi gordita, pero ha hecho tanto por mí que tengo que dejarla marchar.
Probablemente sea difícil explicar lo que siento por ella de manera que una persona normal pueda entenderlo, pero me salvó cuando creía que me iba a ahogar en el fondo del pozo.
A veces no nos damos cuenta de lo importante que es que haya alguien en casa esperándote, que te dé cariño, que te mire, alguien que tenga tiempo y que disfrute cuando te ve llegar.
Con Enero era así. Es una liebre y no ha hecho nada, pero me ha dejado quererla y el último día incluso mostró verdadero afecto por mí, perdiendo el miedo.
Simplemente la quiero porque su corazón latió entre mis manos en el momento justo, por la forma en la que las lágrimas le pusieron el pelaje pegajoso, por la primera vez que comió de mi mano, por lo poco que le gustan las zanahorias...
La quiero mucho y tengo que agradecerle hacerme ver que hay maravillas en todas partes y que cada vida es una oportunidad para hacer algo grande. Ella hizo algo grande conmigo.
Y por eso dejo que se vaya, porque quiero que salte, que juegue, que tenga liebrecitas y que no esté triste en una jaula, porque sé que no puede si nadie la saca a pasear.
La voy a echar mucho de menos y tener un conejito no va a hacer que me olvide (ni mucho menos) de ella que me animó a seguir adelante.
Quiero empaparme de esas pequeñas cosas que me ayudaron antes y seguirán conmigo ahora. Quiero ser muy muy feliz y sé que puedo, si sigo siendo así de fuerte.
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