Parecerá surrealista, pero yo me he enamorado dos veces. Y dos veces en 19 años no son pocas.
Podría decir que he tenido mucha suerte. Quizás sea eso.
La primera vez tenía 16 años, me quedaba muy poco para dejarlos atrás, pero es justo decir que tenía 16 porque el verano de 2009 no había hecho más que empezar.
Fue poco a poco y extraño, pero bonito.
De sentirme bien con una persona pasé a necesitarla para poder sonreír. No me entendáis mal, sé que siempre es así, pero me enamoré de mi mejor amigo, no de un chico que hubiera conocido sin más.
Quizás podáis haceros a la idea de lo extraño que es el paso de una cosa u otra, pero para mí, la confianza que ya teníamos fue una dificultad añadida. Y el primer beso incómodo y el segundo también, pero luego fuimos acoplándonos poco a poco...y no fue mal, si no todo lo contrario.
Había momentos buenos y malos como en todas partes, pero las relaciones son así y no hay que tenerlos demasiado en cuenta. Fue una época feliz en la que aprendí muchas cosas y descubrí lo que significa tener una relación con todas sus consecuencias. Arriba y abajo y el corazón pidiéndome que frenara un poco y no soñara con tantos planes, pero el amor es así...hay que vivirlo de lleno.
La relación acabó a finales del 2010 y no tengo ganas de hablar de lo que supuso para mí aquello, creo que lo sabéis de sobra, que me habéis visto/leído y lo he dejado suficientemente claro. Basta de penas.
¿La segunda? Octubre de 2011.
El 10 de diciembre de 2010 conocí a un chico y, en honor a la verdad, no le hice ni puñetero caso.
En aquel entonces yo seguía con mi primer chico y él iba completa y totalmente a su aire, ni siquiera intercambiábamos más de dos palabras. Nadie se podía imaginar lo que iba a pasar menos de un año después.
Cuando me recompuse un poco de mis heridas, me obligué a salir adelante saliendo del cascarón y María tuvo mucho que ver en ello. Me sacaba a todas partes, me llevaba con sus amigos y aquí y allá...y entre esos amigos, estaba él.
Pero no os creáis, no, que no prosperaba la cosa.
Y llegó un curioso fin de semana, ya en 2º de carrera, en que algo me decía que no tenía que salir, pero salí. Y todo el mundo acabó borracho, menos él y yo (y María, que andaba nosédónde).
Tampoco es que habláramos demasiado, pero empecé a verle de otra manera y una cosa llevó a la otra...terminamos quedando.
5 horas de charla, chocolate y creppes después, me besó. Y de eso hará mañana tres meses.
La diferencia principal entre salir con un amigo y con un chico que entra en tu vida como novio, es que le ves de otra manera, que tienes interés por ir conociendo más cosas, cada día es un tanteo por ver lo que le gusta y lo que no. Sonríes cuando descubres que compartís algo que desconocías (un grupo de música, un libro, un destino de vacaciones que os enamoró...) y aceptas aquello en lo que difieres, porque sigue captando tu atención de lleno.
Es un descubrimiento constante cargado de emoción.
La primera vez que le ves sonreír sólo mirándote a ti, es de los escalofríos más grandes que se pueden sentir.
Pero amor es amor y, en todos los casos, te atrapa y te eleva hasta las nubes.
En ese punto estoy yo, aunque me suena infinitamente mejor "t'estimo" que "te quiero" en estos momentos, quizás porque es mucho más real que esa mentirijilla que me contaron cuando era todavía un poco cría =).
No hay comentarios:
Publicar un comentario