Pedir permiso es algo que no tiene sentido a la hora de querer, simplemente alguien se cuela en tu mente (el famoso "clic"), estallan en pedazos tus esquemas, un ancla se instala en tu órgano de sentir.
No podemos hacer nada contra ello, no existe un freno, ni ninguna advertencia que tenga sentido para el que late; el hecho es que sientes, más de lo que quieres y, en ocasiones, más de lo que debes.
Sentir no es algo que dependa del factor tiempo, de hecho no depende de nada, quizás de sonrisas o quizás de caras largas, pero en efecto llega y sigues ahí, mirando a todas partes sin saber qué hacer con eso tan raro que te invade.
Y si hablamos de sentir, asusta y asusta mucho.
Nunca he tenido tanto miedo como sintiendo fuerte, pero nunca he sido tan feliz, todo hay que decirlo.
A veces pasa que coinciden situaciones que nadie se explica y los latidos se acompasan y llegan las miradas y las sonrisas tontorronas. Entonces a ver cómo te paras tú a pensar beneficios y males, si alguien te observa como si fueras lo más increible del mundo.
Da igual que te duela la tripa, que llueva a mares, que tengas 40 de fiebre, que tus padres estén en la ciudad, el trabajo de ciencias, la pelea con tu mejor amiga...da igual todo, porque quieres verle y dejarte llevar.
Pasa que ciertos momentos están llenos de polvos mágicos que evaporan el resto del universo, que lo condensan, lo simplifican, que lo hacen invisible, insignificante. Sucede que ves a alguien como una maravilla interestelar, que te vuelves idiota, que no puedes mantener conversaciones donde no salga su nombre. Sucede que, bueno...realmente te pillas hasta las trancas y a ver cómo te libras de ti mismo y tu pavazo monumental.
Quizás deba confesar que me encanta sentirme así, pero creo que lo sabéis cuando nos veis juntos =). Mi chico...qué bien suena.
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