A veces me dá la impresión de que las palabras se quedan cortas, cortísimas.
Todas esas veces que tuvimos que decir algo y no lo hicimos, que no nos atrevimos, que escondimos la cabeza; esas otras que intentamos explicar y no supimos cómo, que pudo más lo que no abatía por dentro, nos volvía locos...todas esas veces en las que nos sentimos explotar y quisimos compartilo, todos esos sentimientos que no se amoldan a un siempre "te quiero". Pero te quiero.
Por no decir otra cosa, que me he vuelto más madura, que he aprendido a levantarme cada mañana, a sonreír. Que sé respirar sin que me insufles tu aire, que puedo caminar y recorrer toda una vida, que estoy orgullosa de lo que sé y de quién está conmigo, que me conozco y he aprendido que valgo la pena.
Eso no cambia nada porque te quiero y no es que esté mal o alguien pueda culparme de ello, es simplemente un hecho, aceptado, compartido y permanente.
Es algo que no niego, me dá igual, quizás porque basándome en mis mismas palabras, decir que te quiero no signifca nada. Porque te quiero, pero sé que soy únicamente yo y el mundo dando vueltas y las idas y venidas y los días en que hace sol y los días en los que nieva y tu esencia está en el aire.
Y te quiero, ¿qué más me dá? Si a ti no te importa, a mí tampoco.
Sé como vivir con ella y aceptarlo como mis manías más extremas, pensar en ti más que un hábito es una parte de la persona en que me he convertido.
Desde la tranquilidad que a veces se vuelve turbia, la pasividad y las negativas que me auto-exijo, te quiero, una y mil veces.
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