O eso decía Audrey Hepburn, de la que me declaro admiradora, más por su persona que por su personaje.
Hay millones de chicas preciosas por el mundo, pero, si os fijáis, siempre terminamos amando a la que más sonríe. To make someone happy, you need to be happy.
Mi mejor amiga es una sonrisa con patas y brilla más que cualquier otra persona. Lo mismo me ocurre con Cynthia, que cada vez que la miro me parece más bonita.
Creo que tienen un imán y resultan altamente contagiosas, siempre me dan calor.
Me gustaría de verdad, rodearme de gente que brillara tanto.
No puedo deciros que no ame también el misticismo de las personas frágiles, pero tener a alguien a quien cuidar permanentemente termina apagándote en vez de encendiéndote.
Audrey brillaba también, hiciera lo que hiciera, y habiendo pasado por tantas cosas, siempre buscó la manera de que todo el mundo tomara un poquito de su luz. Quizás en el fondo sí que estuviera triste, pero hacía a tanta gente feliz que terminaba siéndolo.
Tengo mi propia teoría acerca del arte, de nuestra sensibilidad y exposición al mundo. Los que sentimos más, sufrimos más, pero también tenemos una capacidad enorme para proyectarnos y hacer felices a los demás.
A veces siento destellos de mí misma. Cuando acaricio a Bambi, cuando hablo con Patry, cuando estoy verdaderamente entusiasmada, cuando me tumbo con mamá y dejo las horas pasar.
Cuando no quiero brillar, brillo.
A veces somos el mundo y yo, queriéndonos mucho.
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