Hoy me he levantado fatal, tanto que estoy aquí en vez de en clase por unos preciosos dolores que han derivado en mareos =).
No sé qué contaros, es demasiado temprano. Cuando el cuerpo se enfría después de días de parecer inmortal, se nota, y ya os diré yo si se nota.
Ya queda menos para irme a casa, el viernes a las 9 estaré rumbo a mi hogar y con suerte no llegaré demasiado tarde para la comida. Podré conocer a Bambi, que ayer llegó a casa y disfrutar de mi casa y de mi gente.
¿Qué puedo decir? También tengo ganas de volver para ver qué pasa el finde, que lo tengo cargadito y como aún (desde septiembre) no he pisado una discoteca ni una vez, no tengo ni idea de por dónde saldrá la cosa.
Bueno, ayer decidí obligarme a escribir, así que, además de las habituales rutinas, vais a compartir conmigo alguna que otra cosa más.
Hoy empezamos por algo que se me cruzó anoche =).
Jared, y su extraña manera de hacer las cosas, y su camiseta verde, y su sonrisa de viernes por la noche, y las zapatillas roídas que tanto le gustaban.
Y lo tonto que se ponía a veces, y las palabras que nunca decía, pero se dibujaban en sus ojos, y sus canturreos en la ducha, y sus enfados matutinos.
Y sus enormes manos, y el anillo que le regalé, y su pelo y peinarlo.
Jared, y su bañador de agosto, y sus prisas para coger el autobús cuando ya llevaba más de medio camino hecho, y aquello que no daba, y aquello que sí.
Y su manía de nunca decir te quiero y camuflar sus sentimientos en otro idioma, y eso que hacía abriendo mucho los dedos de los pies.
Y la temporada en la que bebía a morro sólo por chinchar, y las cosquillas, y la guitarra, que no pare la guitarra.
Y todo lo que no le dije, lo perfecto e inalcanzable que era aquel Jared que dormía en mi cama, cenaba en mi mesa y se bañaba conmigo cuando los dos teníamos demasiado miedo para hablar de querer o dejar de hacerlo.
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